En Chile, las universidades han debido asumir históricamente múltiples funciones. No sólo forman profesionales; también contribuyen a disminuir brechas de origen, fortalecen competencias generales, desarrollan pensamiento crítico y generan movilidad social en hogares donde nunca antes existió un profesional.
Esta realidad se vuelve aún más evidente en universidades regionales, especialmente en territorios como La Araucanía, donde la formación universitaria genera efectos sociales, culturales y económicos que alcanzan a familias completas y al desarrollo regional.
Por ello, el debate no puede centrarse exclusivamente en reducir el tiempo formal de una carrera, sin considerar las condiciones estructurales que explican el esfuerzo formativo que realizan las universidades regionales.
La pregunta relevante no es cuánto deben acortarse los programas, sino qué capacidades se espera desarrollar y bajo qué condiciones sociales y territoriales ocurre ese proceso formativo.
Esto no significa que el sistema universitario nacional no deba modernizarse. Por el contrario, existen currículos sobrecargados y rigideces que requieren revisión. Necesitamos avanzar hacia trayectorias más flexibles y articuladas, especialmente en un mundo donde la inteligencia artificial y los cambios tecnológicos transforman rápidamente múltiples áreas laborales.
La discusión de fondo no es cuánto deben durar las carreras, sino cómo asegurar una formación pertinente, de calidad y con verdadero impacto para el desarrollo de Chile y sus regiones.
Dr. Adison Altamirano Navarrete
Decano Facultad de Cs. Agropecuarias y Medioambiente
Universidad de La Frontera


